La Cofradía - MOMENTOS
Merlú

Merlú

El Merlú es un elemento muy característico de la Cofradía Jesús Nazareno y único en las cofradías españolas. Se trata de varias parejas (seis), formadas por una corneta destemplada y un tambor cuya misión es la de la llamada de los hermanos para asistir a la procesión del Viernes Santo. También serán los encargados de marcar el comienzo y final de la procesión, así como los distintos descansos de los pasos en el transcurso de la misma. En nuestro álbum de sonidos podrá reproducir el toque típico del Merlú.

Salida de San Juan

Salida de San Juan

Podemos considerar este momento como uno de los más espectaculares de la madrugada del Viernes Santo. 
El hecho se produce en la Iglesia de San Juan de Puerta Nueva. Muchas décadas atrás el templo disponía de una gran lámpara de manera que el grupo escultórico “Camino del Calvario” tenía que hacer una serie de maniobras de paso corto para salvar el obstáculo mencionado. Todo ello a ritmo de música. Lo que dio origen al mencionado baile del “cinco de copas”, que es el nombre que recibo el paso por la distribución de sus cinco figuras (Cristo y cuatro sayones).
Una vez eliminado el elemento de iluminación se mantuvo todo lo que conllevaba la tradicional salida del templo del paso. La marcha fúnebre de Thalberg se encarga de poner el contrapunto musical al acompasado esfuerzo emocionado de los cargadores. Este se ha convertido en uno de los momentos más apreciados de poder contemplar dentro de la iglesia. Lamentablemente la capacidad de la misma obliga a la organización a abrir las puertas tan solo unos minutos antes de las 5 de la mañana y permitir la entrada a un limitado número de fieles o espectadores.
Mientras, en el exterior de la Iglesia de San Juan, se va conformando y desarrollando la procesión. El resto de los pasos, excepción hecha de la Virgen de la Soledad, vienen del Museo de Semana Santa y los congregantes se mezclan entre los miles de personas que esa madrugada acuden al reclamo de la noche en la que Zamora no duerme. Se inicia el camino hacia las Tres Cruces.

Llegada a las Tres Cruces

Llegada a las Tres Cruces

En tiempos esta zona de Zamora era un descampado. Tan sólo existía, como edificación, una ermita y la Cruz del Calvario donde hacía estación la antañona Cofradía de Jesús Nazareno. Considerado este descanso como mitad de procesión se fue haciendo tradicional, a lo largo de los siglos, tomar un refrigerio para poder soportar el trayecto de regreso a la Iglesia de San Juan.
Las rígidas normas de la abstinencia y los periodos de hambruna no permitían para realizar la colación más que unas humildes sopas de ajo que reconfortaban los cuerpos cansados de los cargadores y de los denominados congregantes que tenían que desfilar con escasas ropas, descalzos y para hacer más penitencia con pesadas cruces.
A las sopas de ajo había que sumar las rústicas almendras bañadas en azúcar y que ahora conocemos como "almendras garrapiñadas". Es lógico, la almendra y el azúcar caramelizado proporcionaban a los integrantes de la Congregación una dosis extra de energía. A continuación reproducimos la receta de las Sopas de ajo del conocido semanasantero zamorano Francisco Javier Cuadrado Alonso, extraída de su libro "Una semana gastronómica".
Ingredientes: Aceite, ajos, cominos, pimentón, pan migado y caldo de cocido o restos de salsas de carne.
Elaboración: Tostamos unos cominos en la sartén y los machacamos en el mortero junto con unos ajos crudos y unas pizcas de sal gorda. Ponemos al fuego una cazuela de Pereruela con un buen caldo hecho con anterioridad o con restos de un buen guiso cárnico; se añade pan de confianza cortado en raspas finas para sopas y la pasta del mortero desleída con algo de caldo. En aceite freímos el pimentón, sin quemarlo, y lo añadimos a la cazuela dejándolo a paso de iglesia, como se decía antes, es decir cociendo lentamente alrededor de una hora hasta quedar bien espesa y comiéndola en la misma cazuela con cuchara de madera.
En la actualidad, en las Tres Cruces se suelen juntar numerosas cuadrillas de familiares y amigos de los cofrades provistos de grandes cazuelones de sopas de ajo, elaborados en el domicilio que son consumidas con gran apetito y regadas con el vino nuevo y para rematar una copita de buen orujo. Y así llegamos sin problema a la Plaza Mayor.

Reverencia

Reverencia

El ir y venir de cofrades, hermanos de carga, músicos, fieles, espectadores ha sido constante en el tiempo en el que el descanso se ha apoderado de la Avenida de las Tres Cruces.
Mágicamente todo el mundo, a toque de Merlú, ha sabido de nuevo donde situarse, que hacer y la procesión, como por arte de magia se pone de nuevo en marcha y lo hace para proporcionar uno de los más bellos momentos de la Semana Santa de Zamora.  Momentos de reverencias.
La Virgen de la Soledad, que esperaba paciente en el crucero, inicia su pasito corto para recibir los saludos del resto de los grupos escultóricos cuando las primeras luces del día han desterrado la negrura de la noche.
Ese saludo es conocido como la “reverencia”. Tres inclinaciones del paso para mostrar ese gesto de amor y duelo a la Madre que ha perdido al Hijo.
Una vez que todos y cada uno han realizado la reverencia a la Virgen de la Soledad, que en Viernes Santo va tocada con su rico manto de terciopelo negro, la procesión inicia el camino de vuelta a la Plaza Mayor por la Calle de la Amargura. ¡nunca mejor puesto este nombre para el sentimiento de un cofrade ante la muerte del hijo de Dios!
Las marchas de Semana Santa vuelven a sonar en el aire de mañanero de Zamora mezclándose las notas con los aromas de las sopas de ajo de y de los puestecillos callejeros que no han dejado de batir sus perolas de cobre durante la noche para tener recientes las almendras garrapiñadas y que, la mayoría de las veces, son obsequiadas por los hermanos de fila que las almacenan entre la ropa de calle que visten y la túnica de laval que portan.
La reverencia es un gesto de respeto a la Virgen Madre, Virgen de la Soledad.

Vuelta a la Plaza Mayor

Vuelta a la Plaza Mayor

Hemos de volver, tenemos que regresar. 
La procesión baja la Calle de la Amargura, emboca Santa Clara y ante el final de la calle Renova detiene su transitar para tomar ese último aliento que nos hará llenar la Plaza Mayor de Zamora de esa estampa irrepetible. 
El pavimento de la plaza está limpio, fresco, regado y esperando a los cinco mil. Los primeros sonidos que se oyen corresponden a la banda de cornetas y tambores de la Congregación que entran tomando posesión de un espacio amplio que pronto se verá salpicado de arte a hombros y miles de túnicas con miles de razones para procesionar.
La Plaza Mayor admite a la procesión entre el Ayuntamiento Viejo y el Ayuntamiento nuevo. En otro flanco aparece el muro de la Iglesia de San Juan sobre el que descansa el vigía llamado Peromato. Y los soportales para cerrar el cuadrado, ese recurso arquitectónico armonioso y que ha servido históricamente para resguardar la vida cotidiana de una pequeña capital como Zamora.
De “Camino del Calvario” a la “Virgen de la Soledad” nadie escatima un esfuerzo. Se necesita la suma de todos para dar la vuelta al ágora con la brillantez que se espera. La banda sonora siempre es la misma… “Mater mea” o la “marcha fúnebre de Thalberg”. Es lo que el guión exige. Es lo que el público espera.
Todo el cortejo va dando la vuelta lentamente, como gozando de la mirada de los miles de ojos que escudriñan todos los detalles. La Virgen de la Soledad en esa actitud triste, orante cierra procesión pero nos va a ofrecer otro de esos “momentos” de la Semana Santa de Zamora. Poco a poco se va acercando a la boca del templo que la cobija todo el año. Los cofrades, a ritmo de las notas de la marcha real, levantan sus cruces negras mientras la magnífica obra de Ramón Álvarez se va perdiendo en la semioscuridad que presenta el templo.
Esa parte de procesión termina… el resto viaja hasta el Museo de la Semana Santa.

Entrada de la procesión en el Museo

Entrada de la procesión en el Museo

Y resta la última estación. Hemos vivido el momento en el que las cruces miraban al cielo para rendir tributo de respeto a la Virgen de la Soledad. Ella siempre estará en su capilla de la Iglesia de San Juan para escuchar nuestras peticiones, plegarias y oraciones.
Pero la procesión tiene que concluir. Escasos metros que salvar para poner fin a unas ocho horas de procesión. Muchas horas de pie. Muchos kilos de arte sobre los hombros de los zamoranos que gastan pañuelo blanco al cuello para que todos sepan que son “cargadores”. Es su definición, es como les gusta que les llamen… “cargadores”.
A medida que los pasos ponen proa a los aledaños del Museo de la Semana Santa las bandas atacan las partituras con el mejor aire que les queda en los pulmones o con el ritmo que marcan sus maltrechos brazos. Junto a los banzos no sobran las fuerzas pero lo parece. ¡Qué exhibición de arte bailando el paso, todos los pasos! La marcha tiene que reinventarse porque el paso es tan corto que la pieza no puede terminar. Y por si fuera poco los cientos de amigos, familiares, espectadores jalean a los de dentro con su mejores ánimos, aplausos, entusiasmos.
- Algunos dicen que no está bien eso de aplaudir, que nuestra Semana santa no es de aplaudir.
- ¡Qué sé yo! Si te sale del alma el aplauso… aplaude. El trabajo que han hecho nuestros “cargadores”,  todos, ha sido brillante, inmejorable. Los banzos echan humo. Tienen un año para enfriarse.
Poco a poco todos los grupos van ocupando su lugar en el Museo. Y ahora es donde se produce uno de esos momentos de comunión entre amigos, colegas… el reparto de las flores que han adornado los pasos. Algunas acabaran en las manos de la chica por la que bebes los vientos, otras viajarán a casa y allí estarán hasta que se marchiten y otras servirán para recordar a los fallecidos. Flores bendecidas por las ocho horas de procesión para estar toda una eternidad en el panteón de los propios. Son flores con memoria.
Los sonidos del Merlú ya se han apagado. El portón del Museo de Semana Santa se ha cerrado. La Virgen de la Soledad ya está en el templo. Misión cumplida. Hasta el próximo año, hermanos.